El primer televisor de la cuadra
El gran proceso de desarticulación social que se vive durante la segunda mitad del siglo XX en Colombia fundamentalmente resultado del desplazamiento forzado originado con el rumor de la conquista en el siglo XVI, y el fenómeno de desconexión de nuestra relación milenaria con la naturaleza promovido por la idea de progreso, ha enriquecido de una manera única la explicación moralmente limitada en la que desde el lenguaje creamos, de la excitación ilimitada a la que nos impulsa la experiencia de nuestra conciencia en este nuevo mundo.
El proceso lento pero exponencial de modernización de la cotidianidad y la incesante mediación de pantallas en nuestra conexión física actual con el mundo, fundamentalmente la mediación de la información, hace pensar que nuestra época tiende cada vez mas a la simulación de la experiencia del otro, como un pasadizo a espaldas del yo, entre las pulsiones de la niñez y un alter ego configurado por las relaciones de poder, que llena al individuo de tantas seguridades que ni siquiera queda lugar para el sentido común, el cual seguramente nos abriría ampliamente diversas vías para encontrar la diferencia y por lo tanto tomar el control de nosotros mismos.
Planteo por lo tanto Reminiscencias de Matilde Agudelo como un cuento visionario dentro del proyecto revolucionario de hacer memoria desde el arte, por iluminar con un exclusivo uso del lenguaje las escenas de una época no muy lejana, que ya se empieza a percibir como enigmática. Vale destacar aquí que aunque el texto esta cargado en cada párrafo de temas para proyectos futuros, me ha generado un especial interés la escena del televisor como un objeto nuevo de contemplación, me parece que regresar al origen de ese encuentro permite visualizar el puente generacional entre la imagen escuchada y la imagen vista, posibilitándose como una de las bases iniciales de nuestro proyecto editorial.
En este sentido, el carácter histórico, dialéctico y critico con el que carguemos cada proyecto determinará su trascendencia, su latencia de modernidad, el no perder la capacidad de asombro, el interesarse por lo completamente extraño, con un aire de familiaridad subliminal que reside en la etapa del niño, con un preguntar incesante que nos hará sentirnos cada mañana Estrenando Mundo.
Miguel Albadán
Bogotá, 13 Marzo 2008
Reminiscencias
Lo que primero recuerdo son mis cinco años, yendo a la fotografía y posando con vestido, medias y zapatos nuevos. Estrené anillo también, y según la foto, veo que me acababan de recortar el cabello. Tenía capul, corte que nos hacía mi papá con un estilo de totuma.
También por esas épocas, los amigos de mis hermanas me pedían repetir el trabalenguas de mi nombre y apellidos: … Ascencio, Díaz… Santander… Bravo Páez… Urdaneta… en donde se confundían los apellidos con los barrios en donde habíamos vivido.
Entonces entré a estudiar, “sólo si tenía los siente años cumplidos”. Allí fui reina “de aplicación”. Era juiciosa y cumplida, más bien, introvertida, y bien plantada, aunque más tarde delgada y pálida.
Mis profesoras: Cielo, Venidla, Leonor, Beatriz y Miryam, exigente más que todas, nos revisaba: pañuelo blanco, uñas limpias, zapatos embolados y, hasta medias blancas.
Cogí seriedad, y nos despidieron con un almuerzo que no olvidaré – en la escuela-, y con las amigas con las que había jugado partidos de pelota – salí ducha para recibir pelotas de cualquier tamaño y desde cualquier distancia-; recuerdo a Rosa. Almorzamos espaguetis con queso parmesano, y de postre, natilla con coco – ¡no he vuelto a saborear una como esa! -. Estaban también allí, además de todas las profesoras, una niña de apellido Calderón, trigueña, de cabello negro liso, con un aire a tolimense del campo, y otra de Armenia, con ese hablado paisa que va con pestañas crespas y cabello ondulado, muy alegre ella – se llamaba Araminta-. Y estaban otras que vivían más al centro del barrio: las Puerto, y las La Rotta, que ya habían echado el segundo piso, y a donde había que entrar con trapos en los pies, pues tenían los pisos brillados; en la sala podíamos ver el televisor sobre una mesa, pero siempre apagado, pues solo en el atardecer empezaba la programación y, a esa hora los niños estábamos ya cada uno en nuestras casas.
No había antejardines, sólo andenes, y cuadras que se ubicaban alrededor de la Iglesia, único lugar de reunión de los vecinos (misa del domingo, bazar pro-construcción del nuevo Templo, o pro-construcción de la sede social del barrio, celebraciones de la Semana Santa, o novenas de Aguinaldo, etc.). Ese día estrenamos un vestido en tela azul claro, al cuerpo, con talle alto. No recuerdo los zapatos. Tal vez con un saco de lana, blanco, para el frío del que yo no era conciente en ese entonces.
Después el colegio grande, alistar el uniforme, coger bus, llevar dinero para el transporte y para las onces, entrega de libretas de notas, y… sufrir para lograr el “aprobado” al final del año.
Había niñas desaplicadas, niñas nerviosas, niñas aplicadas, niñas como yo, sencillas, que podían ser tímidas, o, sociables, y, niñas introvertidas – más bien pocas -. Estaban: Nohra, Sarah, Luz Marina – todas de mi barrio -, y otras de lejos, de más al norte: Esperanza, Clara, Luz Helena, Magda, Petronila, Lida, Elisa, Olga – le encantaba la matemática -, Graciela – la mata del juicio -, Katy – nombre que más tarde yo le pondría a mi hija -, Olga Lucía – la aplicación por excelencia, y quien ya hace pinitos en la política y sale por televisión -, y, ¡cómo olvidar a Cachita, de quien no volví a saber nada!, como tampoco de todas las demás: Gladis, Ángela, Consuelo, Betty, las Luz Elenas, Rosa Esther… ¡en fin!
¡Y me tomé la foto con el ramo!, y con uniforme que cuidé con tanto esmero por seis año, pues era de paño y me quedaba bonito.
No estrené anillo, pero salí como una reina, llena de juventud y de inocencia, ¡estrenando el mundo!
Ya yo tenía Tv. en casa, y ya no escuchábamos más música colombiana por radio, después del noticiero del mediodía, ni las radio novelas de la tarde. Ahora veía película, “shows” musicales, noticias, fiestas de fin de año, ahora soñaba que podría conseguir lo que veía, inclusive, ser reina “de belleza”, ¿por qué no? ¡Yo era linda!
Ana Matilde Agudelo, Bogotá Dic/2007